Llegó María Corina: Venezuela de la esperanza, al aprendizaje, hacia una Nueva República

​Cuando analizamos las preferencias políticas y el devenir histórico de los venezolanos, resulta indispensable comenzar por comprender nuestra propia memoria colectiva. La llegada del Teniente Coronel Hugo Chávez Frías al poder no constituyó un hecho aislado; fue la consecuencia directa de un profundo descontento popular frente a un sistema político percibido como cerrado, excluyente y reducido a un bipartidismo que solo satisfacía a una mínima porción de la población (apenas el 7% de los ciudadanos).

​Para millones de venezolanos, la alternancia en el poder entre los mismos actores políticos dejaba tras de sí una estela de desigualdad, deterioro institucional y una abrumadora deuda social. En aquel contexto, la pensión —históricamente insuficiente para garantizar una vejez digna— ya simbolizaba una herida que el país no había logrado sanar.

​Aquella atmósfera de hastío también vio nacer la esperanza en figuras como Irene Sáez, una alternativa atractiva y muy querida que representaba aire fresco frente a la política tradicional. Sin embargo, el respaldo de los partidos históricos tradicionales terminó por lastrar su candidatura, alimentando la percepción de que su gestión quedaría sometida a los intereses de siempre y pulverizando su vertiginoso ascenso político. Para un electorado hastiado, la opción de Chávez representaba una ruptura mucho más contundente con el pasado. Así se abrió paso una promesa de cambio.

​Cuando la esperanza se convierte en concentración de poder

​En sus albores, el proceso prometió fortalecer la industria nacional, la agricultura y el aparato productivo. No obstante, con el transcurso de los años, esa expectativa mutó hacia un modelo caracterizado por la confrontación sistemática, la erosión institucional y la expansión exponencial de los peores vicios del pasado —desde el uso discrecional del avión presidencial hasta la hipertrofia de los ministerios—.

​La confianza ciudadana terminó fracturada por tres grandes errores estructurales:

​La tentación de la perpetuación: Las reformas constitucionales y la reelección indefinida concentraron el poder político y anularon los contrapesos democráticos. La historia nos deja una lección intransigible: ningún proyecto puede estar por encima de la alternabilidad, las instituciones y la voluntad ciudadana.

​Las expropiaciones como dogma económico: Al convertir la intervención estatal en un instrumento político, se destruyó la inversión privada, la confianza y el empleo. Ningún país prospera atacando a quienes producen, sino garantizando reglas claras para invertir, trabajar y crecer.

​La instrumentalización de la necesidad social: Utilizar los programas sociales, la alimentación y los beneficios públicos como herramientas de control político para premiar lealtades o castigar disidencias quebrantó el tejido moral del país. La dignidad de una familia jamás puede depender de su adhesión a un partido.

​Las consecuencias de estas desviaciones son hoy una dolorosa contradicción: pensiones pulverizadas que han convertido la vejez en una condena, y servicios básicos transformados en privilegios inaccesibles.

​El dilema actual y el peligro del «cheque en blanco»

​Hoy, ante una nueva etapa de transición política y la esperanza que representa la figura de María Corina Machado para una inmensa mayoría de venezolanos, surge una pregunta ineludible: ¿Cómo evitar que quienes lleguen al poder terminen reproduciendo los mismos vicios que prometieron combatir?

​La respuesta exige madurez cívica: la solución no reside en depositar una fe ciega en una persona, un partido o una ideología. Los venezolanos debemos asumir el rol de guardianes permanentes de las instituciones y de la democracia. Esto significa exigir transparencia, rendición de cuentas, alternabilidad y respeto absoluto a las libertades individuales.

​Comprender la democracia va mucho más allá de acudir a las urnas a votar; implica vigilar, participar, cuestionar y exigir que las promesas electorales se traduzcan en resultados tangibles. Ningún liderazgo, por muy popular que sea, puede considerarse un cheque en blanco.

​Hacia una economía productiva y una Nueva República

​La reconstrucción de Venezuela exige recuperar la confianza en nuestras propias capacidades. Necesitamos reactivar la industria, el comercio, la ganadería, la agricultura y el emprendimiento. Se requieren empresarios que inviertan, trabajadores con remuneraciones justas, jóvenes con horizontes claros y ciudadanos que puedan forjar su futuro sin depender de la discrecionalidad de un gobernante.

​Esto no significa cerrarse al mundo o a la inversión extranjera, sino entender que ningún país sobrevive si destruye su aparato productivo y se vuelve parasitario. La igualdad ante la ley debe coexistir con la libertad individual de decidir qué proyecto de vida construir, logrando que el mérito encuentre recompensa y la solidaridad proteja a los más vulnerables.

​Hacer país nuevamente implica tejer desde la raíz: rescatar la cultura, la educación, la salud, los servicios públicos y la seguridad jurídica mediante un diálogo nacional inclusivo donde converjan el sector público y el privado, las universidades, los gremios y las comunidades.

​Es momento de superar la polarización estéril entre izquierda y derecha. Venezuela necesita una Nueva República: una nación donde el poder tenga límites constitucionales, la economía genere prosperidad real y la justicia social se mida por la calidad de vida de la gente, y no por los discursos oficiales.

​La verdadera transición no ocurre cuando una persona sustituye a otra en la silla presidencial; ocurre cuando una sociedad comprende sus errores del pasado y decide, con unidad y firmeza, no volver a repetirlos.

​Ni cuarta, ni quinta, una Nueva Venezuela.

Por: José Leonardo Pinto Guerrero

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