Sin energía eléctrica en la biblioteca de mi hogar, pero con mucha luz en el alma, tuve una epifanía: la transición no pertenece ni a la Cuarta ni a la Quinta República. Se trata de la construcción de una Nueva Venezuela, de dar el paso definitivo de la confrontación ideológica hacia el pragmatismo, la prosperidad y el bienestar ciudadano.
Cuando me dicen que debo hablar de política, siempre pienso en sus múltiples contradicciones y connotaciones. Sin embargo, al abordar la realidad venezolana, considero indispensable comenzar por revisar nuestra historia, reconocer nuestros errores y preguntarnos, con absoluta honestidad, qué país queremos construir.
Quienes vivimos nuestra juventud durante los años ochenta y noventa fuimos testigos de profundas transformaciones. El Caracazo de 1989, los intentos de golpe de Estado de 1992 y la subsecuente crisis del sistema político tradicional mostraron el agotamiento de un modelo que, aunque generó grandes expectativas, no consiguió traducir la riqueza petrolera en bienestar sostenible para la mayoría.
La llamada Cuarta República tuvo una oportunidad extraordinaria para convertir a Venezuela en una nación pujante, productiva y desarrollada. Pese a los avances innegables de aquel período, el país terminó sumido en una profunda crisis económica, social e institucional. La alternancia entre los partidos tradicionales no resolvió los problemas estructurales. Arturo Uslar Pietri lo advirtió con su célebre llamado a «sembrar el petróleo»: convertir la riqueza del subsuelo en educación, industria, agricultura, infraestructura, conocimiento y capacidad productiva.
Ante el descontento, una parte importante de la sociedad apostó por un cambio y surgió la Quinta República, acompañada de un discurso de reivindicación popular, transformación social y ruptura con las prácticas del pasado. Muchos creímos estar ante una nueva etapa. Durante los primeros años hubo recuperación económica y mejoras en determinados indicadores y programas sociales; sin embargo, con el transcurso del tiempo, las expectativas dieron paso al desmantelamiento institucional, el deterioro social y severas dificultades económicas.
La radiografía actual y el dilema del poder
Hoy nos encontramos ante una realidad que nos obliga a actuar de manera distinta. Las pensiones resultan insuficientes para cubrir necesidades esenciales, trabajar en el sector público se ha convertido en un enorme desafío para sostener a una familia, y millones de venezolanos han emigrado, llevándose consigo el conocimiento y el talento que el país requiere para su reconstrucción.
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿qué ocurrió con nuestras expectativas de cambio? ¿Cómo pasamos de cuestionar los privilegios de unos grupos a observar, nuevamente, la concentración de oportunidades en otros sectores reducidos?
El problema no puede analizarse únicamente desde una perspectiva ideológica. Cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo, los intereses particulares —amortiguados por el dogma— se colocan por encima del bienestar colectivo. Cuando el discurso público no se corresponde con la conducta de quienes gobiernan, la sociedad paga las consecuencias con la ruina de su calidad de vida.
No se trata de afirmar que todos los políticos son iguales ni de desconocer las diferencias entre modelos de gobierno. Se trata de exigir coherencia, transparencia, responsabilidad y resultados, independientemente de la organización política que ejerza el poder.
La política nos importa a todos. No pertenece exclusivamente a los partidos, a los gobernantes ni a los candidatos; está presente cuando discutimos sobre servicios públicos, impuestos, educación, salud, empleo, seguridad, pensiones y las oportunidades de nuestros hijos.
Por ello, debemos promover una ciudadanía informada, consciente de sus deberes y derechos, y profundamente participativa. Los partidos políticos cumplen una función esencial en la democracia al organizar ideas y canalizar demandas, pero necesitan ser democráticos en su funcionamiento interno, abrirse a la renovación y escuchar a la sociedad.
Renovación de liderazgos y pragmatismo ciudadano
Uno de nuestros mayores desafíos es la renovación de las dirigencias. Durante años hemos visto la permanencia de figuras y estructuras que dificultan la incorporación de nuevas generaciones, tanto en el gobierno como en la oposición. La juventud no puede quedar condenada a esperar indefinidamente. Necesitamos la combinación de la experiencia con nuevas ideas y capacidades, adaptadas a la era de la revolución digital.
Ni izquierda ni derecha: pragmatismo al servicio del ciudadano
Las diferencias ideológicas forman parte de la diversidad humana y representan distintas visiones de la sociedad. Lo cuestionable es que se utilicen como excusa para la confrontación permanente y la defensa de intereses particulares. La Nueva Venezuela requiere una combinación inteligente de políticas públicas evaluadas exclusivamente por sus resultados:
- Si una política económica favorece la producción y genera empleos dignos, debe respaldarse por su efectividad.
- Si una política social reduce la pobreza de forma sostenible, debe ser promovida.
- Si una decisión perjudica a la ciudadanía, debe corregirse con firmeza, independientemente de su origen ideológico.
Eso es pragmatismo: poner los resultados al servicio de las personas, construyendo desde el diálogo, la cooperación y el reconocimiento de que ningún sector posee la verdad absoluta.
Economía, dignidad laboral y la diáspora como puente
En la política para la Nueva Venezuela, ejercer un cargo público debe significar servir, no servirse del Estado. Necesitamos instituciones funcionales, partidos renovados y una administración pública guiada por el mérito, la preparación y la honestidad por encima de la lealtad partidista.
En materia económica, la confianza entre el Estado y el sector productivo es clave. Como padre, esposo, hijo, hermano, comerciante, comunicador y dirigente gremial, sé que una economía no prospera sin empresas capaces de invertir, producir e innovar. Sin embargo, tampoco hay prosperidad real si los trabajadores no reciben ingresos dignos.
El artículo 91 de nuestra Constitución establece el derecho a un salario suficiente que permita vivir con dignidad. Por ello, el progreso empresarial debe avanzar junto con la mejora de las condiciones laborales. Emprender no debe ser una carrera de obstáculos ni producir un acto de resistencia; la seguridad jurídica debe ser la base para que el trabajo honesto permita construir un patrimonio.
Por otro lado, la diáspora —que supera los nueve millones de venezolanos según datos internacionales— no puede ser vista únicamente como una pérdida. Detrás de esas cifras hay familias separadas, pero también una inmensa reserva de conocimientos, experiencias y relaciones.
Debemos crear mecanismos y brindar seguridad jurídica para que nuestros compatriotas en el exterior puedan invertir, transferir conocimiento e impulsar proyectos en la reconstrucción nacional, aun antes de su eventual regreso. Ellos son puentes entre Venezuela y el mundo. Con todo, la lección más dura que nos deja este fenómeno es clara: el verdadero legado es lograr que nuestros hijos quieran quedarse.
El indicador del progreso
El debate político debe trascender las etiquetas ideológicas para responder a las preguntas fundamentales sobre el futuro de las familias venezolanas: el acceso a empleos dignos, salud de calidad, vivienda, capacidad de ahorro y una jubilación honrosa
Envejecer en Venezuela debe ser una etapa de tranquilidad y respeto, no una condena a la incertidumbre. Para lograrlo, debemos romper paradigmas. La medida del progreso en la Nueva Venezuela será, sin ambigüedades, la calidad de vida de sus ciudadanos.
Llegó la energía eléctrica y sigo pensando…
No cambiaremos el pasado, pero podemos aprender de él para no repetir los mismos errores bajo nuevos discursos. La política debe ser una herramienta de servicio; el diálogo no es debilidad y las diferencias no impiden los acuerdos.
No nos sirve una Venezuela definida únicamente por la izquierda o por la derecha. Es imperativo consolidar una Venezuela que funcione, produzca, eduque, cuide a su gente y ofrezca oportunidades reales. Una nación donde los errores se conviertan en aprendizaje, el poder sea asumido con responsabilidad y trabajar permita progresar.
Por: José Leonardo Pinto Guerrero
Comunicador