Por: Abg. Janette Peroza
El Día de los Fieles Difuntos trae consigo una profunda tradición arraigada en la fe y la memoria familiar, un momento consagrado a elevar oraciones por las almas de quienes han partido y a visitar el camposanto para ofrendar flores, encender velas y acondicionar las tumbas de nuestros seres queridos. Ante esta conmemoración, la expectativa inicial estuvo marcada por el beneplácito al observar que dentro de las políticas públicas diseñadas y ejecutadas por el gobierno municipal actual en el municipio Páez, se contemplaba la limpieza y rehabilitación del cementerio municipal. Esta iniciativa representa una acción largamente esperada que merece aplauso y reconocimiento, pues aun tratándose de un deber insoslayable del Estado, resulta innegable el abandono prolongado que las distintas administraciones locales han impuesto a un espacio que trasciende lo terrenal para erigirse como un auténtico patrimonio municipal y un recinto sagrado para toda la población de nuestras ciudades hermanas.
Sin embargo, la ilusión pronto dio paso a una profunda decepción al experimentar lo que el refrán popular define como una alegría de tísico, esa emoción efímera, fugaz y pasajera que se extingue abruptamente ante la cruda realidad. Al recorrer con nostalgia un lugar concebido para el reencuentro espiritual y la honra de los recuerdos infantiles que nutren los valores familiares, sumado a la cercanía física con el sitio donde reposan los restos de los antecesores que conforman el árbol genealógico, el hallazgo resultó desolador al constatar que la tumba de los cuatro abuelos carecía por completo de lápida, mausoleo, jarrones, jardineras y símbolos religiosos alegóricos. Todos estos elementos habían sido elaborados en su oportunidad con granito pulido, enrejados y ornamentos minuciosos que reflejaban el amor, la entrega y el esfuerzo incalculable de los progenitores por dignificar la última morada de quienes dieron lo mejor de sí por su descendencia.
Resulta inevitable rememorar lo difícil que fue transitar por este recinto durante largos años de profunda inseguridad e incertidumbre, un periodo en el cual el acceso se volvió prácticamente inviable debido a la falta de vigilancia, la maleza indómita, la ausencia absoluta de alumbrado, la presencia de reptiles e insectos peligrosos, y la proliferación de prácticas indebidas de ocultismo y actos inmorales que expusieron a la ciudadanía a riesgos inminentes. Más allá de las sanciones civiles, penales y administrativas que la Contraloría General de la República impone a quienes por acción u omisión incurren en supuestos generadores de responsabilidad, existe un tribunal ineludible que es la sanción moral. Esta es la sentencia que un pueblo adjudica a quienes asumen el poder sin la debida comprensión sobre la gestión municipal, la correcta ejecución de las políticas públicas, el manejo presupuestario y el cuidado del erario, carencias que quedan al descubierto sin necesidad de análisis complejos ante realidades tan dolorosas como la constatada.
La compleja y lamentable situación que subyace en el cementerio municipal plantea una operación titánica para lograr su recuperación integral, un desafío que exige tanto la voluntad institucional como la participación activa de la comunidad. No obstante, frente al plan de recuperación iniciado en la actualidad y estructurado para ejecutarse en diferentes fases, se impone elevar una plegaria por la conciencia ciudadana, reconociendo que más allá de la deficiencia en la acción pública persiste la carencia de civismo en aquellos actores inescrupulosos que, de manera individual o colectiva, aprovecharon el caos y el abandono para cometer sus fechorías. Ante un país que demanda el concurso y el compromiso incluyente de todos para lograr su reconstrucción, corresponde mantenerse firmes en la fe y la esperanza, esperando en aquel que trasciende en amor, justicia y bondad, mientras la comunidad se prepara para unirse en oración por el eterno descanso de las almas que ya partieron hacia la eternidad.