El psicólogo Dehillker Quintero advierte sobre las consecuencias del uso desmedido de teléfonos y tabletas en el desarrollo emocional, la autoestima y la percepción de la realidad de niños y jóvenes.
La influencia de las redes sociales y el consumo constante de pantallas han dejado de ser un asunto de entretenimiento para convertirse en un factor determinante en la salud mental, la autoestima y la sociabilidad de niños y adolescentes.
Durante su participación en el programa radial Enfoque, conducido por José Leonardo Pinto Guerrero, el licenciado en psicología Dehillker Quintero analizó el impacto de la sobreexposición digital en las primeras etapas de la vida y subrayó la urgencia de construir una relación equilibrada con las herramientas tecnológicas sin situarlas en el centro de la dinámica cotidiana.
Uno de los principales aspectos señalados por el especialista fue el fenómeno denominado «biberón de cristal», término que describe la práctica recurrente de calmar o apaciguar el llanto y la inquietud de los niños pequeños a través de teléfonos móviles o tabletas. Quintero sostuvo que la constante estimulación visual y la velocidad con la que se suceden los contenidos en estas plataformas entorpecen el desarrollo paulatino del control de impulsos y la capacidad de adaptación a las exigencias del entorno real.
Sin embargo, enfatizó que la alternativa adecuada no reside en la prohibición total de la tecnología —integrada ya en los modelos educativos y en la vida moderna—, sino en la fijación de límites de tiempo según la edad y la integración obligatoria de actividades deportivas, culturales y recreativas en el itinerario de los menores.
El psicólogo también alertó sobre la vulnerabilidad de la infancia y la adolescencia al acceder a contenidos para los que no poseen el criterio o la madurez emocional necesarios. En este ámbito, remarcó que la responsabilidad principal recae en los padres y representantes, quienes deben ejercer un acompañamiento digital efectivo frente a amenazas como la delincuencia cibernética, el acoso sexual, la pornografía y el contacto con desconocidos.
Paralelamente, el especialista detalló que la exposición repetida a estándares de vida aparentemente perfectos en plataformas digitales deteriora la imagen personal, fomenta la dismorfia corporal y desencadena cuadros depresivos, además de distorsionar las expectativas sobre las relaciones interpersonales, la afectividad y la noción de éxito.
En cuanto a la circulación de la información, Quintero reflexionó sobre el papel de los sesgos confirmatorios y la arquitectura de los algoritmos de recomendación, los cuales tienden a replicar contenidos afines a las preferencias del usuario para encerrarlo en cámaras de eco. Este fenómeno, según indicó, alimenta posturas intransigentes, conductas hostiles y violencia digital (cyberbullying) hacia quienes sostienen posturas divergentes.
Asimismo, advirtió que la difusión masiva de historias de éxito económico inmediato sin formación previa desmotiva el compromiso con la preparación académica y profesional entre los jóvenes.
El profesional de la salud mental hizo un llamado a evaluar la calidad de los estímulos que se consumen a diario. Tras comparar el entretenimiento digital de baja calidad con la comida chatarra —aceptable en dosis esporádicas pero nocivo como base alimenticia—, concluyó que la estimulación acelerada altera los circuitos de recompensa del cerebro y facilita el desarrollo de conductas adictivas.
El desafío actual, puntualizó, no demanda la desconexión total de internet, sino el desarrollo de competencias para filtrar contenidos, administrar el tiempo de pantalla y preservar los espacios de convivencia real que resultan insustituibles.
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