Por: José Leonardo Pinto Guerrero
La Navidad es una de las épocas más hermosas y especiales para mi familia. Es tiempo de nacimiento, esperanza, unión y tradiciones. Venezuela, como un verdadero crisol de culturas, ha sabido combinar hermosamente el pesebre, el árbol de Navidad, San Nicolás, la llegada de los Reyes Magos y tantas otras costumbres que llenan nuestros hogares de alegría e ilusión.
Y, por supuesto, están las luces: esas iluminaciones que adornan nuestras casas, nuestros pesebres y nuestras ciudades, y que esperamos con entusiasmo cada año.
Sin embargo, hoy observo con mucha preocupación cómo comenzamos a instalar la iluminación navideña en nuestras ciudades mientras Acarigua y Araure, al igual que otros sectores de nuestra región, padecen racionamientos eléctricos que en ocasiones superan las doce horas diarias. Ante esta realidad, nos cabe preguntar: ¿es coherente iluminar nuestras calles mientras miles de familias no saben a qué hora tendrán electricidad en sus hogares?
La situación no solo afecta la tranquilidad familiar. También golpea severamente al comercio, paraliza actividades productivas, dificulta el suministro de agua y genera problemas en servicios esenciales. Incluso algunas estaciones de servicio han sufrido inconvenientes con sus plantas eléctricas, mientras otras no cuentan con la capacidad financiera para adquirirlas, lo que contribuye a generar largas colas para abastecerse de combustible.
Entiendo que el sistema eléctrico enfrenta dificultades complejas. Las fallas de generación, las averías en las líneas de transmisión y la necesidad de administrar las cargas pueden alterar la distribución de la energía y hacer difícil establecer horarios completamente confiables.
Precisamente por eso, resulta indispensable ofrecer información oportuna, transparencia y una planificación que permita a los ciudadanos organizar sus vidas y a los comerciantes reducir las pérdidas.
Recuerdo que en Colombia, durante períodos de racionamiento eléctrico, se adoptaron medidas de ahorro, se hicieron esfuerzos y se eliminó la iluminación navideña en distintas ciudades. Más allá de las particularidades de cada país, queda una lección importante: cuando los recursos escasean, la conciencia colectiva debe acompañar las decisiones públicas.
No estoy en contra de la Navidad. ¡Todo lo contrario! La celebro, la disfruto y la considero una de las tradiciones más hermosas que compartimos como familia y sociedad. Pero creo que este año debemos preguntarnos si el mejor mensaje navideño es llenar de luces nuestras calles o demostrar solidaridad con quienes pasan horas sin electricidad.
Los recursos y la energía disponibles deberían priorizar, en la medida de lo posible, los hospitales, las escuelas, los servicios de agua, las actividades productivas, el comercio y los hogares. No se trata de afirmar, sin conocer los detalles técnicos, que toda iluminación ornamental puede destinarse directamente a esos servicios; se trata de asumir una señal de responsabilidad y de utilizar con prudencia los recursos en medio de una emergencia.
La Navidad no depende de cuántas bombillas encendamos, sino de cuánto somos capaces de iluminar la vida de los demás. Podemos celebrar con nuestros pesebres, nuestros árboles, nuestras hallacas, nuestros aguinaldos, nuestras parrandas y, sobre todo, con la alegría de compartir en familia. Podemos mantener viva la tradición sin convertir el consumo eléctrico ornamental en una prioridad cuando tantas necesidades siguen pendientes.
Por eso, hago un llamado respetuoso a nuestros gobernantes: revisemos esta decisión. Consideremos reducir o posponer la iluminación navideña de nuestras ciudades mientras persista esta situación. Es una decisión temporal, solidaria y consciente, no una renuncia a nuestras tradiciones. Gobernamos y convivimos mejor cuando comprendemos el momento que vive la gente, damos el ejemplo y establecemos prioridades.
La Navidad debe ser una celebración de esperanza, pero también una oportunidad para demostrar empatía, responsabilidad y sentido común. Porque cuando una familia llega a casa después de trabajar y no tiene electricidad ni agua para descansar, las luces de una plaza difícilmente pueden compensar esa realidad.
Este año, más que encender las luces de nuestras ciudades, tenemos la oportunidad de encender la conciencia de quienes tenemos responsabilidades públicas y privadas. Conciencia en las decisiones, solidaridad en las acciones y convicción en nuestros principios.
Esa también es una manera de celebrar la Navidad.
José Leonardo Pinto Guerrero
Comerciante y Amante de la Navidad
Paz y Bien
