De Hugo Rafael Chávez a María Corina: «Mis encuentros con el poder y mi aprendizaje de la nueva Venezuela»

Por: José Leonardo Pinto Guerrero

A lo largo del camino, he tenido la oportunidad de coincidir, conversar y compartir espacios con distintas figuras de la política venezolana. Esas experiencias han marcado mi manera de entender el liderazgo, el poder y, sobre todo, el futuro de nuestro país.

No escribo estas líneas para defender a una organización política, ni para atacar a otra. Hago esta aclaratoria, pues tengo amigos de diversos pensamientos y sé que me leen. Este escrito está desarrollado desde mi experiencia como ciudadano, comunicador, comerciante y dirigente gremial, en el convencimiento de que Venezuela necesita superar la confrontación permanente y encontrar un camino donde todos podamos participar y trabajar.

Mi primer encuentro con Hugo Chávez

Ocurrió en el Hotel Lago de Maracaibo, durante una exposición petrolera a la que fui invitado para presentar una muestra artística del estado Portuguesa. Yo era joven y tenía muchas expectativas sobre el futuro de Venezuela. En aquel lugar coincidí con el entonces presidente Hugo Rafael Chávez Frías.

Tuvimos una conversación breve, de aproximadamente cinco a diez minutos, en el restaurante del hotel. Lo recuerdo como un hombre de verbo poderoso, encendido, carismático y agradable. Algo que me llamó particularmente la atención fue que, durante aquellos minutos, me miró a los ojos y me escuchó con mucha atención.
Le hablé de las oportunidades que tenía Venezuela para convertirse en un país desarrollado. Le recordé algunas de sus declaraciones sobre la importancia de las empresas, la producción nacional y la juventud como protagonistas de una gran transformación. Fielmente pensaba que los jóvenes venezolanos podíamos convertir nuestros pequeños emprendimientos en grandes empresas, generar empleos y contribuir a una reforma política, económica y social que nos permitiera dar un salto histórico.

En aquella conversación percibí seguridad, convicción y una capacidad extraordinaria para transmitir esperanza. Y le creí… No tengo inconveniente en reconocerlo. Creí en la posibilidad de que Venezuela iniciara una transformación profunda, capaz de superar los problemas históricos del país, abrir las puertas a una sociedad más próspera y pasar al club de los países desarrollados.

Con el tiempo, sin embargo, muchas de aquellas expectativas comenzaron a contrastar con una realidad diferente y exponencialmente desastrosa. Todavía me pregunto en qué momento se perdió el rumbo, cuándo las promesas empezaron a distanciarse de los resultados y por qué un proyecto que despertó tantas esperanzas terminó profundizando tantas divisiones en los venezolanos.

Una de las grandes lecciones de aquella experiencia fue que el carisma puede despertar la esperanza, pero solamente las instituciones, la responsabilidad y los resultados pueden sostenerla.

La inteligencia de escuchar a la familia

En otro momento de mi recorrido tuve la oportunidad de conversar con Lilian Tintori, en una etapa marcada por la situación de Leopoldo López y su encarcelamiento. Con ella fue una conversación agradable y fluida.

Pero hubo un detalle que me llamó especialmente la atención: lo primero que hizo fue acercarse a mi hija, abrazarla y preguntarle algunas cosas. Después me atendió a mí. Aquello me pareció una demostración de sensibilidad y de inteligencia humana. Cuando una persona recibe con afecto a nuestros hijos, también establece un vínculo de confianza con nosotros.

Más allá de las diferencias políticas que puedan existir, siempre he considerado que el liderazgo no consiste únicamente en defender ideas o pronunciar discursos. También implica saber escuchar, comprender al otro y reconocer la dimensión humana de cada encuentro.

De las diferencias al entendimiento

En ese camino empedrado y lleno de incertidumbres, me encontré con un debate aleccionador al hablar con la ingeniero María Corina Machado; este intercambio constituye una columna importante de esta historia.

La primera vez que conversamos fue en Caracas, durante una reunión relacionada con el ámbito gremial. Me permitieron intercambiar opiniones del país y las perspectivas políticas. En aquel momento nuestras posiciones fueron bastante antagónicas, me refiero a las mías y a las de ella.

Yo venía de una visión en la que consideraba indispensable que los distintos sectores políticos aprendieran a convivir y a reconocer que ninguna organización tenía el monopolio de las soluciones nacionales. Me costaba comprender algunas de sus posiciones y veía difícil la posibilidad de alcanzar determinados objetivos políticos.

Tuvimos una conversación fuerte, pero respetuosa. Ninguno abandonó sus convicciones, aunque ambos pudimos expresar nuestras ideas y escuchar las del otro. Eso me pareció valioso.
Posteriormente volvimos a coincidir en otra reunión. En una de esas conversaciones le expresé una posición que, con el tiempo, se convertiría en uno de los principios fundamentales de mi pensamiento político. Le dije, en esencia, que yo no estaba dispuesto a comprometer mi criterio con una ideología determinada. Mi compromiso es Venezuela.

Le expliqué que estaría dispuesto a acompañar un proyecto nacional cuando este lograra representar a todos los venezolanos: ricos y pobres, empresarios y trabajadores, personas de izquierda y de derecha, venezolanos de diferentes orígenes, extranjeros y ciudadanos que pensaran distinto. Porque gobernar un país no puede significar gobernar exclusivamente para quienes votaron por nosotros. Gobernar significa comprender también a quienes no nos acompañaron, garantizar sus derechos y demostrarles, mediante resultados, que forman parte de una misma nación.

Le expresé, además, una preocupación nacida de nuestra propia historia: no quería que Venezuela volviera a experimentar otra gran decepción después de haber depositado sus esperanzas en un proyecto de cambio. Nuestro pasado político había dejado suficientes lecciones sobre las consecuencias de las promesas incumplidas, la concentración del poder y la incapacidad de las instituciones para responder a las necesidades de la sociedad.

En nuestros encuentros posteriores percibí una mayor disposición a conversar sobre la reconstrucción nacional, la planificación, el trabajo y la participación de todos los sectores. Observé una evolución en la manera de abordar algunos asuntos y una aproximación más pragmática a los desafíos de la sociedad venezolana. Pues no significa que coincidiéramos en todo. Tampoco pretendo atribuirle posiciones que no haya expresado públicamente; hablo de mi percepción personal durante aquellas conversaciones.

Lo importante es que encontré espacios para el diálogo y el respeto. Y eso me permitió comprender algo: las personas pueden mantener sus convicciones y, al mismo tiempo, aprender a escuchar otras perspectivas. Mi planteamiento sigue siendo el mismo: acompañaré las ideas que contribuyan a la unidad nacional, al fortalecimiento institucional y al progreso de Venezuela, independientemente de quién las impulse. Es decir, tener posiciones ideológicas antagónicas y, sin embargo, encontrar puntos de coincidencia para trabajar por el bienestar del país, es mi creencia y mi norte para la Nueva Venezuela.

La penúltima vez que conversé con María Corina, vi un cambio muy importante para mi convicción: una líder evolucionada, con una madurez muy sólida y una firmeza en su convicción de unir a todos los venezolanos de bien, con un pragmatismo muy marcado. Y la última vez que quise hablar con ella, y gentilmente me dijo «vamos a conversar», lamentablemente me lo prohibieron y como me lo plantearon mis asesores, «esto es transitorio, avancemos», ofrecí mis disculpas a la líder y continuamos, porque sabíamos que la recuperación de la república era un maratón y no una carrera…

Miradas breves al escenario político

También tuve la oportunidad de coincidir brevemente con Henrique Capriles Radonski, a quien percibí como una persona agradable, con ideas y convicciones propias; oí su explicación de por qué mandó a tocar las cacerolas, su versión se parece mucho a la de la calle que se escucha, del porqué de la actuación del 3 de enero, de los gerentes encargados de hoy 2026.

Nunca pude conversar con el presidente Nicolás Maduro, a pesar de que muchos de sus partidarios querían que lo entrevistara. En las ocasiones en que coincidí en espacios con él, su seguridad impidió que se produjera ese acercamiento. En cuanto a la presidente Delcy Rodríguez, aunque observé condiciones de acceso diferentes en determinados espacios, no llegué a tener con ella una conversación privada de las características de las que he relatado anteriormente.

Menciono estas experiencias porque considero importante distinguir entre conocer personalmente a un dirigente, intercambiar algunas palabras con él y mantener una conversación que permita comprender mejor su pensamiento. No todas esas experiencias son equivalentes, y ninguna por sí sola permite emitir un juicio definitivo sobre la capacidad de una persona para gobernar. Sin embargo, cada encuentro deja impresiones y enseñanzas.

El poder necesita una oposición fuerte

Una reflexión que me transmitió un mentor con experiencia política fue que, para que se tenga un buen gobierno, debe existir una oposición fuerte, organizada y capaz de ejercer sus funciones. Yo comparto esa idea muy fervientemente.

Una oposición democrática no está para destruir al gobierno, ni para obstaculizar todas sus iniciativas. Está para fiscalizar, cuestionar, proponer alternativas y evitar que el poder se convierta en un instrumento sin contrapesos. Del mismo modo, un gobierno democrático debe comprender que la crítica no es necesariamente una amenaza. Puede ser una oportunidad para corregir errores, mejorar políticas públicas y fortalecer las instituciones.
Cuando el poder se concentra, la discrepancia se interpreta como enemistad y el adversario se convierte en enemigo. Entonces, la política deja de ser un mecanismo para resolver los problemas colectivos y pasa a ser una guerra campal, y en el medio del fuego cruzado, los ciudadanos. Y cuando eso sucede, pierde el pueblo.

En una de mis interpelaciones con mi conciencia sobre el chavismo, he considerado también la influencia de la formación militar en muchos de los gerentes de la administración pública y su manera de concebir el poder y la organización política. El propio Chávez me habló de su visión desde esa perspectiva en los escasos diez minutos de conversación.

Sin embargo, considero necesario establecer una diferencia fundamental: la disciplina y la organización pueden ser útiles en la administración pública, pero una sociedad democrática no puede funcionar exclusivamente bajo una lógica militar. Los ciudadanos no somos subordinados de un proyecto político. Somos titulares de derechos, protagonistas de la vida nacional y responsables de nuestro destino colectivo, con una alta responsabilidad de los deberes. La autoridad debe estar sometida a la Constitución, a la ley y al control de las instituciones.

Las elecciones y la importancia de la participación ciudadana

La experiencia electoral también ha influido en mi manera de analizar la política venezolana. Participé como presidente de mesa (no porque fui designado, sino porque los miembros no asistieron y a los que estábamos allí nos tocó) y pude observar directamente algunos procedimientos electorales. Esa vivencia me llevó a valorar la importancia de la organización, la presencia de testigos, la vigilancia ciudadana y el cumplimiento de las normas.

En otros procesos eleccionarios que cubrieron mis periodistas, observé mesas con escasa presencia de representantes de los sectores que debían ejercer labores de vigilancia. A mi juicio, esa ausencia debilitaba la capacidad de supervisión y dejaba espacios que debían ser cubiertos por una participación organizada.

En cambio, durante el proceso electoral del 28 de julio de 2024, recorrimos distintas zonas y observamos comportamientos que, desde nuestra experiencia local, nos llamaron poderosamente la atención. En sectores que históricamente habían sido identificados con una alta votación oficialista, percibimos señales de cambio. También escuchamos a ciudadanos expresar abiertamente sus preferencias electorales.

Esos detalles constituyeron una experiencia de campo importante para nosotros, aunque reconozco que un recorrido local, por amplio que sea, no sustituye una auditoría nacional ni demuestra por sí solo el resultado definitivo de una elección. Precisamente por eso, los sistemas electorales necesitan mecanismos transparentes de verificación.

Cuando los resultados anunciados generan contradicciones con las actas y no se publican oportunamente los elementos necesarios para comprobarlos, o cuando las instituciones encargadas de resolver las controversias no ofrecen garantías suficientes de independencia, se produce una crisis de confianza. Eso fue lo que me preocupó profundamente en 2024.

La legitimidad democrática no debería depender exclusivamente de lo que declare una autoridad. Debe sustentarse en procedimientos verificables, instituciones independientes y resultados que puedan ser comprobados por la ciudadanía. La confianza electoral no se exige, se construye con transparencia.

El 3 de enero: ¿negociación, traición o una oportunidad para recuperar la democracia?

En este recorrido escabroso, el 3 de enero fue histórico, para bien o para mal. Mucha gente se hizo preguntas ante los hechos… En los últimos años se ha hablado ampliamente de negociaciones entre distintos sectores del poder venezolano, dirigentes políticos y actores internacionales. También han circulado interpretaciones sobre posibles acuerdos entre figuras del gobierno y representantes de Estados Unidos, así como sobre las condiciones políticas necesarias para una eventual transición.

Considero que este tema exige prudencia. Una negociación política no es necesariamente una traición. En determinadas circunstancias, puede ser el instrumento que permita evitar una confrontación mayor, proteger a la población y abrir caminos hacia una solución democrática. Pero tampoco toda negociación es beneficiosa por el simple hecho de producirse; su legitimidad depende de sus objetivos, sus condiciones, sus consecuencias y su respeto por los derechos de los ciudadanos.

Por eso, ante las interpretaciones que califican determinados acuerdos como traición o, por el contrario, como una salida necesaria para estabilizar el país, creo que debo formular las siguientes preguntas para entender la transición:

  • ¿Se está avanzando hacia instituciones independientes?
  • ¿Se están garantizando los derechos políticos de los ciudadanos?
  • ¿Se están creando condiciones para elecciones libres y verificables?
  • ¿Se está recuperando la confianza nacional?
  • ¿Se están generando oportunidades para la producción, la inversión y el empleo?

De los acontecimientos que involucran a Venezuela y Estados Unidos, es indispensable distinguir los hechos documentados de las interpretaciones políticas. Más allá de quién logra imponer su relato, lo crucial es si Venezuela puede recuperar la estabilidad, la institucionalidad y el derecho de sus ciudadanos a decidir libremente su futuro en la llamada transición.

La paz es necesaria, pero no debe utilizarse como excusa para abandonar la democracia. La democracia es indispensable, pero su recuperación debe construirse procurando evitar nuevos sufrimientos a la población. Una nueva Venezuela no puede construirse excluyendo a la mitad del país, sea de izquierda o de derecha.

Ni izquierda, ni derecha: una Nueva Venezuela

Cuando miro hacia atrás, encuentro un hilo conductor en todas estas experiencias. Con Chávez conversé sobre la posibilidad de transformar Venezuela. Con Lilian Tintori aprecié la importancia de la sensibilidad humana. Con María Corina Machado defendí la necesidad de construir una unidad que superara las diferencias ideológicas. Con otros dirigentes pude observar distintas maneras de entender el liderazgo, la seguridad, el poder y la responsabilidad pública.
Cada encuentro me dejó una enseñanza, pero también una convicción: Venezuela no puede seguir condenada a sustituir una hegemonía por otra.

No podemos pretender que un sector tenga siempre la razón y que todos los demás estén equivocados. Tampoco podemos confundir la unidad nacional con la obligación de pensar de la misma manera. La unidad no significa uniformidad.

Una sociedad democrática necesita empresarios y trabajadores, comerciantes, industriales, agricultores, ganaderos y profesionales, jóvenes y adultos, organizaciones políticas de distintas tendencias y ciudadanos que no pertenezcan a ningún partido, es decir, a todos. Necesita, igualmente, instituciones que funcionen, justicia independiente, servicios públicos eficientes, seguridad jurídica, educación de calidad, buenas pensiones y oportunidades para que las nuevas generaciones puedan desarrollar sus capacidades sin verse obligadas a emigrar.

Como comunicador, comerciante y dirigente gremial, sé que el progreso no se construye únicamente con discursos. Requiere planificación, trabajo, inversión, responsabilidad y condiciones que permitan producir:

  • El sector privado necesita reglas claras.
  • Los trabajadores necesitan salarios dignos.
  • Los emprendedores necesitan oportunidades.
  • Los ciudadanos necesitamos servicios públicos de calidad.
  • Los abuelos, pensiones dignas.

Y el Estado debe garantizar las condiciones para que todos esos elementos puedan desarrollarse. La política tiene sentido cuando mejora la vida de la gente. Por eso considero que la reconstrucción de Venezuela debe ser una tarea nacional, con participación de los distintos sectores y una visión de largo plazo.

No quiero una Venezuela que viva eternamente mirando hacia atrás para determinar a quién debe culpar. Necesitamos estudiar nuestros errores y aciertos en el pasado, asumir responsabilidades y construir algo diferente. En la Nueva Venezuela, el gobierno debe entender que no es propietario del país, y la oposición debe ejercer su responsabilidad, que va más allá de conquistar el poder.

Después de mis encuentros, mis conversaciones, mis coincidencias y mis diferencias con distintos dirigentes, mi posición sigue siendo la misma:

  • Basta del mesías político.
  • Venga la nueva cultura democrática.
  • Hagamos instituciones capaces de impedir que los errores de un líder comprometan el futuro de toda una nación.

Quiero que se unan por la esperanza de construir un futuro mejor. Cuidemos que los nuevos protagonistas no nos den el mismo desenlace. Mi compromiso no es con la izquierda, ni con la derecha, ni con la victoria de una parcialidad sobre otra. Mi compromiso es con una Nueva Venezuela. Una Venezuela de todos y para todos.

Familia, equipos de trabajo, amigos y seres queridos…
«Caminante, no hay camino, al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar».

Pluma, Espada y Religión
Paz y Bien
01-11-2026

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